jueves, 1 de enero de 2009

sin diferencia en la muerte

recuerdo una vez que caminando hacia mi casa, un bus atropelló a un pequeño perro, que apenas si avanzó a correr unos metros luego, para terminar tendido sobre el pavimento no muy lejos de mí, agonizando con sus ojos en la nada.

quedé ensimismado y aturdido, sintiendo esa impotencia miserable de no tener armas contra la muerte. Por unos cuantos segundos, el pequeño animal se retorció lastimeramente, hasta que un sacudón final lo dejó completamente quieto.

tras observar silenciosamente el pequeño cadáver, alcé mi vista hacia el alrededor, con asombro, era el único en la calle que se había molestado en prestarle atención al suceso. Retomé la marcha hacia mi casa, pues ya no había nada más que hacer allí, y en el trayecto, recordé las tantas veces que había visto a ese pequeño perro y la vez que compré un pan para dárselo en pedacitos.

comenté de lo acontecido a mi familia, esperando hallar en mi sangre empatía, para no sentirme el único que entristeciera por la muerte de un perro callejero, hallando en mi madre y mis hermanos igual parquedad a la de la gente en la calle.

y recuerdo todo esto, ya que ayer, me enteré que hace más de medio año, murió en un accidente de tránsito un compañero de colegio; a lo que todos los presentes (igualmente mis compañeros) preguntaron: "¿y quién era él?"

creo, que de los presentes, aparte de mí, y de quién contó lo acontecido, nadie más sabía "quién era él".

triste reflexión que me hace pensar en la triste analogía entre la muerte de un perro callejero y mi compañero. 

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